Cuando en 1.981 la antigua confitería original del siglo XVII que la familia poseía en Tolosa (Guipúzcoa), hubo de ser derribada por el estado ruinoso en el que se encontraba, Jose Mari Gorrotxategi decidió conservar los útiles de trabajo utilizado durante tantos años y generaciones, para crear el Museo de la Confitería de Tolosa (Gorrotxategi Konfiteri Museoa), como una muestra de la importancia de la etnografía en la historia de los pueblos. Leer mas...
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Allá por el siglo XVIII, la ciudad alemana de Hamburgo era, sin duda, el puerto marítimo más importante de Europa. Por aquel entonces los comerciantes germanos solían realizar frecuentes viajes de negocios al Báltico, donde necesariamente mantenían interesantes ilustrativos encuentros con una cultura y unas costumbres muy diferentes a las suyas.
Situémonos en el Madrid de 1725, en el entonces principal enclave comercial de la Villa, compuesto por el eje de la Ribera de Curtidores, la Plaza de Herradores y Arco y calle Cuchilleros, donde se habían instalado los más destacados artesanos: herradores, cuchilleros, latoneros, curtidores, zapateros... Un conjunto de atiborradas y caóticas calles que para mejor localización tuvieron que adoptar el nombre de los oficios que en ellas se ejercían.
El Manual para bien comer en la Real Isla de León, es un libro que se editó con motivo del bicentenario de las Cortes, de modo que recoge las tapas, comidas, postres y bebidas recuperadas de entre los sabores tradicionales del año 1810 en San Fernando, Cádiz.
Las labores de pesca artesana en las costas de la España mediterránea han sido tradicionalmente muy parecidas a las que se llevaban a cabo en otros lugares de este mismo mar, generalmente con solo dos o tres hombres por barco y con aparejo latino pequeño. Inicialmente no existía la costumbre de cocinar a bordo del barco, ya que por sus características, no era habitual que las naves se alejaran demasiado de los puertos.
Ya habíamos comentado en este mismo blog, en un artículo titulado
Al Conde de Chateaubriand (1768-1848), gran gastrónomo y entusiasta de la carne de vacuno, le gustaba especialmente la pieza del solomillo, cortado en rodajas más bien gruesas, tipo bistec. Sin embargo, lo único que el conde no soportaba era la parte exterior, esa zona que después de cocinada y debido al contacto de la carne con el fuego, quedaba excesivamente quemada.
En 1832, un aprendiz de cocina vienés de apenas 16 años, llamado Franz Sacher, creó -para satisfacer una imperiosa orden del poderoso conde y príncipe de Metternich-Winneburg- la que a juicio de todos los entendidos ha llegado a ser la tarta de chocolate más famosa del mundo: la tarta Sacher. 