Los puestos de patatas fritas de Flandes, también llamados friteries o fritkots en el dialecto local, llenan las esquinas de las calles, plazas y kermesses (ferias locales) de la ciudad, con un apetitoso olor que obliga al visitante a acercarse a ellos y, en la mayoría de las ocasiones, a caer irremediablemente en la tentación […]

Los puestos de patatas fritas de Flandes, también llamados friteries o fritkots en el dialecto local, llenan las esquinas de las calles, plazas y kermesses (ferias locales) de la ciudad, con un apetitoso olor que obliga al visitante a acercarse a ellos y, en la mayoría de las ocasiones, a caer irremediablemente en la tentación de probar tan delicioso y sencillo manjar.

A menudo se ve a residentes y visitantes haciendo cola con impaciencia en estos populares establecimientos para conseguir uno de los tradicionales cucuruchos de papel en el que se desbordan las tradicionales patatas fritas doradas, saladas y crujientes, muchas veces acompañadas de una ración de salsa, suave o sazonada, al gusto.

Un fenómeno gastronómico y social que las autoridades flamencas declararon el pasado viernes parte del patrimonio cultural inmaterial de la región de Flandes, como respuesta a un proceso de solicitud iniciado por los dueños de los puestos callejeros, las friteries.

“Las friteries necesitan de una mayor apreciación” comentaba el ministro-presidente flamenco Kris Peeters en declaraciones al diario belga Le Soir, mientras que otro ministro, Joke Schauvliege, aseguraba que este reconocimiento ayudará a mantener la tradición.

Por su parte, el representante de los propietarios de los puestos, afirmaba: «Nuestras friteries han estado poco consideradas durante tanto tiempo que no se les ha prestado la suficiente atención».


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