Ya habíamos comentado en este mismo blog, en un artículo titulado Leonardo da Vinci y Boticelli, socios en un restaurante la gran afición del maestro Da Vinci a la cocina, hasta el punto de haber dirigido algún establecimiento de comidas e incluso haber sido co-propietario de uno de ellos, con su buen amigo el también […]

Ya habíamos comentado en este mismo blog, en un artículo titulado Leonardo da Vinci y Boticelli, socios en un restaurante la gran afición del maestro Da Vinci a la cocina, hasta el punto de haber dirigido algún establecimiento de comidas e incluso haber sido co-propietario de uno de ellos, con su buen amigo el también maestro Botticelli.

Continuando con este curioso –por no demasiado conocido- tema, el hecho es que Leonardo no se quedó estancado en esta simple faceta de cocinero, sino que haciendo gala de su espíritu de investigación y de innovación técnica, resultó ser un adelantado inventor de “electrodomésticos” (por supuesto sin la parte de “electro”) o por decirlo de otra forma, de aparatos y utensilios que pudieran servir de ayuda en las labores de la cocina, además de tocar otros muchos temas relacionados con las buenas formas en la mesa, la organización de banquetes para los nobles, etc.

De esta faceta gastronómica del gran genio italiano se empezó a saber algo más a partir de 1981, cuando en Rusia se descubrió una especie de libro de notas, una copia manuscrita del que se supone original de Da Vinci y al que se llamó “Códice Romanoff”. El manuscrito había sido adquirido en 1865 por el Zar Alejandro II, junto con algunas pinturas del artista y actualmente se conserva en el Museo del L’Hermitage, en San Petersburgo, aunque no todos los expertos aceptan su autenticidad.

El libro, escrito con bastante probabilidad entre 1481 y 1500, recoge todo tipo de recetas y curiosidades gastronómicas, comentarios sobre los buenos modales de los comensales e invenciones de curiosos aparatos.

Artilugios muy ingeniosos

Según se desprende de esas anotaciones, de su imaginación nacieron artilugios como el sacacorchos (hasta entonces las botellas se tapaban con unas piezas hechas de madera y cera), un pelador de patatas mecánico dotado de cuatro cuchillas en forma de hoz que giraban gracias a una manivela instalada en el interior de un tambor, una máquina para cortar fiambres, otra para picar ajos, una especie de extractor para eliminar el humo de las cocinas, una ‘picadora de vacas’ (así le llamó el maestro), un rudimentario lavaplatos, y hasta un secador de ropa, que Leonardo usaba para secar con aire caliente las servilletas que impuso en la corte para sustituir los hasta entonces animalillos vivos (conejos, gatos, perros) que los nobles usaban, atándoles a las patas de sus sillas, para limpiarse las manos.

Aunque debido a la complejidad de su construcción y uso, todas estas invenciones realmente no tuvieron repercusión en aquella época,  sí hubo una invención que se mantuvo y que modificó por completo los hábitos en las comidas.

En la mesa, lo primero buena educación

Se trata del tenedor. Leonardo, un gran aficionado a la pasta, había inventado en primer lugar los spaghetti, una forma deferente y muy original de confeccionar este producto, que realmente caló en la población hasta llegar a ser muy popular. Posteriormente inventó la máquina para fabricarlos a partir de la lasaña, ya que su confección manual resultaba muy complicada.

Y cuando tuvo resuelto todo esto, se dio cuenta de que lo realmente difícil era comer los spaghetti con las manos, como hasta entonces se hacía con la mayoría de los alimentos. Y para solucionarlo, no tuvo más remedio que inventar el tenedor de tres puntas, con el que no solo logró “pillar” los novedosos fideos de pasta, sino que consiguió también que se comenzaran a usar para llevarse a la boca carnes y pescados, con la consiguiente aportación histórica a la limpieza e higiene en la mesa.