Pietro Aretino (1492 – 1556), uno de los intelectuales más representativos del espíritu renacentista italiano, fue un poeta, escritor y dramaturgo nacido en Arezzo, localidad de la región de la Toscaza, pero establecido en Venecia. Conocido por sus escritos licenciosos, como los “Sonetos lujuriosos”, también supo firmar obras de tipo moralizantes para congraciarse con el […]

Pietro Aretino (1492 – 1556), uno de los intelectuales más representativos del espíritu renacentista italiano, fue un poeta, escritor y dramaturgo nacido en Arezzo, localidad de la región de la Toscaza, pero establecido en Venecia. Conocido por sus escritos licenciosos, como los “Sonetos lujuriosos”, también supo firmar obras de tipo moralizantes para congraciarse con el ambiente cardenalicio que tanto le gustaba frecuentar.

Gran amigo del maestro Tiziano, sobre el que escribió textos de arte que al pintor le valieron múltiples encargos además de un gran prestigio internacional y al que este, a su vez, dedicó un excelente retrato, Aretino fue además un gran amante de la cocina. De hecho, muchos de sus escritos describen deliciosos alimentos que un conocido suyo que vivía en el campo le enviaba habitualmente a su domicilio en la gran ciudad, Venecia.

Gustos compartidos

Al parecer su amigo Tiziano compartía también estos gustos: en una de sus cartas, Arentino explica como en una ocasión, estando en su propio estudio en compañía del maestro, sus siervos comenzaron a “tostar pájaros”, algo que hizo que el pintor se levantara bruscamente de su asiento, aspirara el aroma, dejara inmediatamente la conversación y decidiera quedarse a cenar con el.

Según el escritor, la cima de la entonces “cocina moderna” eran las ensaladas, que él consideraba como una invención del Renacimiento. Argumentaba que estos platos no deben ser nunca insípidos. Deben estar repletos de hierbas y sabores contrapuestos, con un fuerte aliño. Más bien demasiado agrio que demasiado suave, decía.

Y como recomendación, describe la siguiente receta: “Tomad una cantidad generosa de menta fresca, mezcladla con un puñado de hojas de achicoria y aliñad con vinagre y aceite».