Corría el año 1902 cuando dos visionarios emprendedores americanos, Frank Hardart y Joseph Horn, decidieron abrir el primer restaurante de comida rápida, “Automat”, en los Estados Unidos, un establecimiento situado en el 818 de Chestnut St. de la ciudad de Filadelfia. Un lugar que ciertamente resultaba algo extraño para la época, ya que no disponía de mesas ni de camareros para atender, sino que únicamente ofrecía una única barra con 15 taburetes para los clientes pudieran acomodarse.
Era la primera vez en Estados Unidos que en un restaurante los clientes se servían por sí mismos: introducían unas monedas en una ranura, giraban un pomo que abría una pequeña ventana de cristal y retiraban un plato de comida, a su temperatura adecuada y generalmente envuelto en un papel encerado.
Detrás de las ventanas se escondía en realidad una verdadera cocina tradicional, donde varios empleados preparaban los platos, casi al momento y durante todo el día, en función de la demanda que hubiera de cada uno de ellos. Hardart y Horn habían importado, desde Berlín, un equipamiento de patente sueca que ya entonces se autodefinía como un “restaurante sin esperas”.
La idea, desde luego, era innovadora y atractiva en sí misma, pero además el establecimiento tenía dos características importantes que lo convirtieron en todo un éxito y ayudaron a lanzar el concepto de comida rápida por todo el país: los platos eran baratos y sobre todo el “servicio” era rápido. Así nació el primer restaurante de comida rápida.
Barato, rápido y además… de moda
A diferencia de los restaurantes de comida rápida de hoy, el original Automat estaba considerado como un lugar atractivo y socialmente aceptable para estar y ser visto. Por otra parte, durante los tiempos difíciles de la “Gran Depresión”, el Automat se convirtió también en una atractiva propuesta de valor, ya que los sufridos ciudadanos podían disfrutar de un estupendo plato de judías o macarrones con queso por tan sólo una pocas monedas de cinco centavos, todo ello rodeado de la sensación de estar haciéndolo en un establecimiento “de vanguardia”.
Algunas informaciones de la época sitúan el día de apertura el 9 de junio de 1902, otras el 12 de ese mismo mes. Pero en lo que no hay diferencia de criterio es en el hecho de que el lugar era ciertamente barato. Por poner un ejemplo, el precio de una taza de café se mantuvo en un “nickel” (5 centavos, aunque en aquel entonces suponía el equivalente hoy en día a un dólar) desde el día de su inauguración hasta 1950, fecha en la que inevitablemente subió a dos nickels. Un café que además se hizo famoso por estar hecho casi al momento, nunca con más de 20 minutos.
En las cabeceras de los lineales se situaban unos empleados a los que llamaban «lanzadores de níckels», cuya única misión era cambiar los billetes o monedas de valor superior en las monedas exactas que cada cliente necesitaba realmente para sacar su plato: un níckel para el café, cinco para el pavo con salsa, otro níquel para tarta, lo cual aceleraba ciertamente el proceso.
Una carta al gusto americano
La carta, en general, estaba elaborada muy al gusto norteamericano de entonces: los famosos macarrones con queso, empanada de carne de pollo, filete tipo Salisbury con puré, espinacas a la crema o alubias cocidas en salsa de tomate. Los postres eran también muy familiares: tartas y cremas de arándano, calabaza o coco, y helado de vainilla o arroz con leche y pasas.
En 1912 la compañía comenzó su expansión a Nueva York, donde el primer establecimiento se abrió nada menos que en Times Square, llegando a disponer de 85 locales entre esta ciudad y la sede inicial, Filadelfia.
Finalmente la cadena sucumbió en 2005, debido a varios factores como el continuo y permanente incremento del precio de los ingredientes básicos para sus recetas originales, los cambios en los gustos de los consumidores y sobre todo la tremenda popularidad de nuevas cadenas de comida rápida como McDonald o Burguer King o los más que populares establecimientos chinos y pizzerías que entregan la comida a domicilio.
El primer local sigue vivo
Afortunadamente, el primer local Automat abierto en Filadelfia en 1902 sigue aún vivo -o al menos a la vista del público- en el Museo Nacional Smithsonian de Historia Americana, donde se haya expuesta una sección completa de este establecimiento con sus maquinarias, espejos y mármoles originales. La primitiva comida de entonces no se mantiene, desde luego, pero al menos queda la constancia de una época pionera.


