“Vivimos en una sociedad obsesionada con la comida. Es algo que forma parte de nuestra cultura, tanto para bien —la gastronomía— como para mal: los trastornos o malas prácticas derivados de la alimentación inadecuada”.

Así lo asegura Raquel Herrera, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Caatalunya (UOC), añadiendo que “al mismo tiempo, cada vez estamos más preocupados por disfrutar de buena salud y por contar con suficiente información al respecto. Esto favorece que iniciativas como el Realfooding capten adeptos entre personas interesadas por la alimentación en general, el deporte y la salud, así como por otras cuestiones específicas cada vez más relevantes socialmente, como la sostenibilidad y la soberanía alimentaria. A esto hay que unir otras iniciativas como el fomento del turismo gastronómico: ya no se trata solo de comer, sino también de comer bien (y hacer alarde de ello)”.

Un interés, explican desde la UOC, que también se refleja en la tendencia, cada vez más generalizada, a ‘mirar con lupa’ la composición de los alimentos y a analizar sus etiquetas al hacer la compra, un hábito que, por otra parte, hace años que los expertos recomiendan adoptar. En este sentido, Eva Espona, consultora en nutrición y profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, comenta que “es cierto que cada vez la población está más concienciada de la necesidad de indagar sobre las características de los alimentos que consume, pero otra cosa es que esté preparada para entender o interpretar lo que lee. Y no hablo solo de entender la tabla de análisis medio de nutrientes, sino también de saber interpretar dicha información con la que aporta el listado de ingredientes, así como comprender los tecnicismos y las siglas que aparecen”.

Escanear e interpretar ingredientes

Y es que, efectivamente, los expertos de la Universidad catalana reconocen que la realidad es que, a menudo, descifrar los contenidos de las etiquetas no resulta nada sencillo, por lo que para facilitar esta tarea, en algunos países pueden encontrarse en los envases algunas opciones de logotipos más sencillos o etiquetados nutricionales simplificados que se han ido implementando en el marco de políticas de salud pública. Entre estas iniciativas destaca Nutriscore, un sistema de evaluación de los alimentos que otorga una valoración a los alimentos en función de su composición y los clasifica en cinco categorías.

“Este sistema es una realidad en países como Francia y Bélgica. En España, de momento, tiene carácter voluntario, pero está en marcha una campaña para solicitar a la Comisión Europea su presencia obligatoria en todos los estados miembros. Aunque con algunas limitaciones, Nutriscore tiene acreditación científica que apoya su uso y ha sido creado con una doble finalidad: ayudar al consumidor a seleccionar alimentos más saludables en el momento de la compra y estimular a la industria alimentaria a mejorar el perfil nutricional de los alimentos que produce, para que tengan una mejor clasificación”, comenta Eva Espona, para quien la implementación de este sistema debería ir acompañada de una campaña educativa dirigida a la población de forma que esta herramienta sea de la mayor utilidad posible, tal y como se hizo en Francia.

La valoración de los expertos

Asimismo, y con la misma intención facilitadora, proliferan las aplicaciones diseñadas para, previo escaneo del código de barras del producto en cuestión con la cámara del móvil, ofrecer un análisis de su composición. “Hay gran variedad de estas aplicaciones que utilizan criterios distintos. En algunas se ofrece una puntuación solamente en función de la nota nutricional de Nutriscore o del grado de procesado del alimento. Alguna de ellas mezcla diferentes criterios, por ejemplo, en función de la nota nutricional de Nutriscore, si hay presencia o ausencia de aditivos y si el producto tiene o no etiqueta eco”, explica Laura Esquius, experta en nutrición y profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC.

Según un estudio reciente elaborado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), las tres aplicaciones de este tipo más populares en nuestro país son: El CoCo, Yuka y MyRealFood. Todas cuentan con miles de usuarios y su uso se ha popularizado en muy poco tiempo. Para Eva Espona, “en general se trata de buenas herramientas que pueden ayudar a hacer una compra más conveniente. Otra ventaja importante es que pueden favorecer que la industria alimentaria mejore la composición nutricional de sus productos. Sin embargo, por sí solas, no tienen la misma efectividad si previamente el consumidor no tiene claro cuál tiene que ser el patrón de una alimentación saludable. Además, ninguna es perfecta y, a veces, se presentan algunas incongruencias”.

Según la OCU, la información que proporcionan estas aplicaciones es incompleta, lo que puede dar lugar a valoraciones erróneas. “Por eso es importante conocerlas para escoger la más adecuada a nuestras necesidades o intereses en función del sistema o criterio de clasificación de los alimentos que usan (saber si tienen acreditación científica, sus limitaciones y si miden aquello que nos interesa) y, posteriormente, ser capaces de entender los resultados que ofrecen”, explica Eva Espona.

Para Laura Esquius, estas aplicaciones favorecen que cada vez más personas se preocupen por sus hábitos alimentarios y, de esta forma, conozcan qué alimentos es mejor consumir. “También facilitan la toma de decisiones nutricionales en el día a día y a la hora de escoger entre dos productos similares”, añadiendo que, en cuanto a sus contras, “además de la existencia de diferentes criterios de evaluación entre las diferentes aplicaciones, destacaría que, en algunos casos, la información puede estar desactualizada, y también pueden darse valoraciones poco exactas a causa de las diferencias entre la información que proporciona la aplicación y la composición real del producto”.

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Las apps que escanean ingredientes, vistas por los expertos
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Las apps que escanean ingredientes, vistas por los expertos
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“Vivimos en una sociedad obsesionada con la comida. Es algo que forma parte de nuestra cultura, tanto para bien —la gastronomía— como para mal: los trastornos o malas prácticas derivados de la alimentación inadecuada”.
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