Cuando en 1.981 la antigua confitería original del siglo XVII que la familia poseía en Tolosa (Guipúzcoa), hubo de ser derribada por el estado ruinoso en el que se encontraba, Jose Mari Gorrotxategi decidió conservar los útiles de trabajo utilizado durante tantos años y generaciones, para crear el Museo de la Confitería de Tolosa (Gorrotxategi […]

Cuando en 1.981 la antigua confitería original del siglo XVII que la familia poseía en Tolosa (Guipúzcoa), hubo de ser derribada por el estado ruinoso en el que se encontraba, Jose Mari Gorrotxategi decidió conservar los útiles de trabajo utilizado durante tantos años y generaciones, para crear el Museo de la Confitería de Tolosa (Gorrotxategi Konfiteri Museoa), como una muestra de la importancia de la etnografía en la historia de los pueblos.

Un espacio que reúne y expone al público de hoy las técnicas de trabajo de usaban los confiteros entre los siglos XIV y XIX en la elaboración de productos como el café, el chocolate, el caramelo, el helado, el batido y el alcohol.

La confitería del siglo XIV no empleaba todavía el azúcar, que según comenta Gorrotxategi «se vendía en las farmacias, como medicina”, sino que en su lugar utilizaba la miel. De hecho, el oficio de confitero no se conoce hasta el siglo XVII, procedente además de artesanos que se dedicaban básicamente a la cerería, la elaboración de productos con cera. Cuando posteriormente se le denominó confiteros, continuaron todavía un tiempo, hasta el presente siglo, con la elaboración de la cera, pero con una incidencia cada vez mayor en los productos dulces.

Colección permanente de más de 400 piezas

Las colecciones que forman la exposición permanente de este original museo se ordenan por secciones: el Chocolate, del Trigo al Pan Dulce, el Bizcocho, Licores y Aguardientes, la Nata y la Mantequilla, el Helado, los Caramelos, el Confite, los Turrones, la Miel y la Cera, que en total reúnen más de 400 piezas, desde el antiguo metate que se usaba para moler el cacao, hasta cafeteras modernas, pasando por alambiques, moldes para caramelos y ruedas para la elaboración de velas.

Estos elementos fueron utilizados, en su gran mayoría, hasta la introducción de la electricidad. La importancia de este periodo radica en la riqueza etnográfica del mismo, ya que las piezas fueron elaboradas, en su mayor parte por artesanos vascos, utilizando la madera de sus bosques, la piedra de sus canteras, el bronce, quedando sobradamente demostrada su especialización en el tratamiento de los objetos.

Un recuerdo para el pan

Pero en el museo no falta tampoco el recuerdo a la elaboración tradicional del pan, tan presente en la vida diaria de todas las culturas y celebraciones. En concreto se hace referencia a la llamada  ‘piper-opila’ un pan doméstico fermentado que además contenía azúcar o miel, huevo, manteca, anís y pimienta negra triturada que la tradición mandaba que la novia debía cocinar el día anterior a la boda y dejar reposar en la ventana de su alcoba, para al día siguiente entregar a su marido como obsequio, tras la ceremonia nupcial.