Bélgica es internacionalmente conocida por sus deliciosas patatas fritas, con esa peculiar consistencia tierna en su interior pero absolutamente crujientes por fuera, una preparación que se consigue a base de una doble fritura: la primera en aceite templado, para conseguir que la patata se cueza por dentro muy despacio y la segunda en aceite muy […]

Bélgica es internacionalmente conocida por sus deliciosas patatas fritas, con esa peculiar consistencia tierna en su interior pero absolutamente crujientes por fuera, una preparación que se consigue a base de una doble fritura: la primera en aceite templado, para conseguir que la patata se cueza por dentro muy despacio y la segunda en aceite muy caliente, para darle ese revestimiento crujiente.

Hoy en día, en cualquier ciudad flamenca se encuentran puestos callejeros de patatas fritas, que habitualmente se sirven acompañadas de salsa mahonesa. Pero su origen no fue tan sencillo como ahora parece.

Las primeras tiendas de patatas fritas fueron móviles. Se trataba de unos sencillos carritos con ruedas, que los dueños, al no disponer de permiso para la venta nocturna en las calles, debían trasladar a diario a partir de una determinada hora.

Fue ya pasada la segunda Guerra Mundial cuando los vendedores consiguieron que se les reconociera la posibilidad de disponer de un puesto fijo en las ciudades. Desmontaron las ruedas de su soporte móvil, aseguraron los carritos sobre unos rudimentarios calzos de madera y cerraron los laterales haciéndolos llegar hasta el suelo.

Del carrito a los actuales establecimientos

A partir de ahí, poco a poco se fue añadiendo una sencilla barra, mesas en los alrededores, platos, servilletas y cubiertos. Ampliaron la parte trasera, convirtiéndola en mínimas pero prácticas cocinas, hasta llegar a los fantásticos quioscos que hoy en día puede uno encontrarse en cualquier ciudad belga.

Los antiguos carritos primitivos, así como todo tipo de versiones alternativas a las que dio lugar la imaginación de los vendedores –viejas caravanas, furgonetas y autobuses de desguace- han dado paso a modernas y agradables construcciones diseñadas ya específicamente para su función gastronómica y turística.

Unos lugares ideales para disfrutar de un picoteo o incluso una comida informal cuando aparece el apetito después de un paseo, una excursión, una actividad deportiva o simplemente una ajetreada mañana de compras.