Cada día vemos, compramos y consumimos un buen número de productos que forman parte ya de nuestro entorno personal, unos alimentos que nos resultan naturalmente familiares y cercanos.
Sin embargo, no siempre conocemos el verdadero origen del producto o de su nombre, que en ocasiones se remonta a épocas muy lejanas. Como, por ejemplo, el de la mostaza de Dijon, una mostaza francesa elaborada tradicionalmente en la región de Borgoña —cuya capital es Dijon— y que debe su personal sabor al vino blanco de Borgoña, uno de sus ingredientes.
La mostaza de Dijon
El origen de la esta conocida mostaza se remonta, según la guía France-Voyage, a hace muchos siglos con un consumo restringido a la región francesa de Borgoña, aunque su fabricación no fue reglamentada por una ordenanza concreta hasta 1390, todavía bajo el nombre de mostaza de Bourgogne, y hubo que esperar hasta tres siglos más para que ya en 1634 los primeros estatutos oficiales aplicasen la reglamentación del oficio de ‘fabricante de mostaza’.
El momento en el que la mostaza de Dijon comenzó a adquirir su característico sabor actual fue en el XVIII, cuando al introducir en su composición el verjus —el zumo ácido extraído de uva, en este caso de Borgoña—, la mostaza se volvió más sabrosa. Y para que el sabor no se altere, las semillas de mostaza y el verjus se aplastan con muelas de piedra que impiden el calentamiento de la pasta.
Por su parte, desde Taste France Magazine explican que a partir del siglo XVI este producto se volvió tan popular por su calidad y reputación, que su éxito ha conllevado que se produzca en toda Francia con el nombre genérico de mostaza de Dijon.


