Así, de primeras, parece un contrasentido. Pero se trata de una combinación perfecta, además de un aperitivo rápido, sencillo de hacer y muy sabroso: empanadillas de sobrasada y miel. El relleno se prepara mezclando la sobrasada con la miel hasta que se llegue a una masa densa, pero maleable, una textura que se consigue simplemente […]

Así, de primeras, parece un contrasentido. Pero se trata de una combinación perfecta, además de un aperitivo rápido, sencillo de hacer y muy sabroso: empanadillas de sobrasada y miel.

El relleno se prepara mezclando la sobrasada con la miel hasta que se llegue a una masa densa, pero maleable, una textura que se consigue simplemente a base de tiempo y de buen toque.

A continuación se colocan las obleas (hechas a mano o ya preparadas) bien extendidas. En el centro de cada una de ellas ponemos una cucharadita de la mezcla anterior y cerramos las empanadillas.

Llegados a este punto, podemos darle a la empanadilla varias formas: la tradicional de siempre, doblando la oblea tipo “media luna”. Otra más llamativa, colocando una oblea encima de otra, de modo que ganan en tamaño, con una forma circular. Y la última y quizá más atractiva desde el punto de vista  de la presentación, doblando en tres cada empanadilla, para que adquieran una forma triangular, muy al estilo oriental.

Una vez elegido el diseño y preparadas, las colocamos sobre la placa del horno con un papel encerado o de aluminio debajo y les aplicamos una capa de huevo batido con un pincel o brocha de cocina. Si además queremos darles “a touch of class”, podemos salpicarles por encima unas semillas de sésamo (mejor negro) o de amapola. Con el horno a unos 170 grados, las empanadillas quedan hechas en muy poco tiempo, más o menos ocho minutos, si el horno estaba previamente precalentado.

Con el calor del horno la sobrasada soltará algo de grasa, pasando su color rojizo a la masa, lo cual le da un aspecto original, con la única precaución de escurrirlas sobre un papel absorbente. Se pueden comer recién salidas del horno o dejándolas reposar un tiempo y luego servidas a temperatura ambiente, pero nunca recalentadas, ya que pierden el toque crujiente.