Un buen plan para una escapada de al menos una semana es, sin duda alguna, la visita a la Red de Parques Arqueológicos de Castilla-La Mancha, una selección de cinco yacimientos, uno por provincia, que ofrecen una experiencia única: el recorrido histórico por los distintos períodos de ocupación humana más representativos de esta comunidad, que […]

Un buen plan para una escapada de al menos una semana es, sin duda alguna, la visita a la Red de Parques Arqueológicos de Castilla-La Mancha, una selección de cinco yacimientos, uno por provincia, que ofrecen una experiencia única: el recorrido histórico por los distintos períodos de ocupación humana más representativos de esta comunidad, que abarca desde la Edad de Bronce hasta la época medieval.

 

En la provincia de Albacete, en Hellín, se encuentra El Tolmo de Minateda, un enclave situado en un espectacular peñasco elegido históricamente por diferentes grupos humanos para llevar a cabo sus asentamientos, desde la Edad de Bronce hasta el siglo X d.c. La ocupación más antigua es una fosa común para enterramiento, que se mantuvo en uso hasta la civilización íbera, a base de túmulos y monumentos funerarios.

La ciudad romana de Segóbriga en Saelices, Cuenca, construida en la segunda mitad del siglo I, donde se conservan las ruinas de la antigua ciudad, con los restos del santuario dedicado a la diosa Diana, el teatro, el anfiteatro y, sobre todo, el foro, el centro urbano con su plaza pavimentada, recientemente sacado a la luz.

La villa romana de Carranque en la provincia de Toledo, para muchos arqueólogos el enclave más importante y mejor conservado del final del Imperio Romano, con un gran conjunto de edificaciones realizadas a finales del siglo IV, la iglesia cristiana más antigua de España y el conjunto de mosaicos más impresionantes del Imperio.
La ciudad visigoda de Recópolis, en Zorita de los Canes, mandada construir por Leovigildo en el año 578, conserva un núcleo urbano de gran valor histórico, una muralla conformada por lienzos de sillarejo, y en la parte superior una iglesia y un gran conjunto palatino.

Y por último, el óppidum ibero-medieval de Alarcos en Ciudad Real, con dos tipos de asentamientos, unos fechados entre los siglos V al III. A. C., propios de la cultura ibérica y otros en la etapa medieval centrada en el siglo XII.

En definitiva, un recorrido que es toda una lección didáctica de historia, con centros de interpretación fácilmente accesibles para los visitantes y con el añadido extra de que los cinco parques arqueológicos se encuentran ubicados en parajes naturales de gran valor ecológico, con lo que tratándose de Castilla-La Mancha… miel sobre hojuelas.

Comer en Castilla-La Mancha

La gastronomía castellano-manchega es abundante y sabrosa, variada como su geografía, pero obre todo, contundente, a partir de unas tradiciones heredadas de sus orígenes pastoriles y basada en productos de la tierra.
Una cocina que aunque sobria, es original y se traduce en multitud de peculiares y típicas recetas, en las que muchas veces el elemento diferenciador lo pone precisamente su peculiar condimentación.

Entre los alimentos más característicos está, sin duda, el conocido queso manchego, un  alimento que define internacionalmente la región, realizado con leche de oveja siguiendo técnicas artesanales con un riguroso control que acredita su autenticidad y calidad.

Por otro lado están sus magníficas verduras, legumbres, frutas y hortalizas; la abundante y buena caza, tanto mayor como menor y desde luego, sus estupendos vinos en todas las variedades, tintos, blancos, claretes, rosados, ligeros, fuertes, espesos… según el gusto de quien los beba y la comida a la que acompañen.

La especialidad de Albacete son sus conocidos gazpachos o galianos, elaborados a base de unas particulares tortas, carne de caza como perdiz, conejo de monte y liebre, jamón, setas y hierbas aromáticas de la zona como el laurel o el tomillo. También hay que destacar el atascaburras, un plato muy contundente la perdiz, escabechada o con alubias, la olla de pastor, podrida o de aldea y el pisto manchego, aunque merece la pena reservar un espacio para finalizar con postres como el queso frito, la miel con nueces, las hojuelas, las delicias de Almansa o los Miguelitos de La Roda.

En Ciudad Real son platos muy típicos la caldereta de cordero pascual, las chuletitas, el cuchifrito, las gachas de harina de almortas y las migas con torreznos, en invierno. Si la visita la hacemos en épocas más calurosas, no hay que dejar de probar el pisto, las berenjenas de Almagro o el asadillo.
El plato típico por excelencia de Cuenca es el morteruelo, a base de hígado de cerdo rallado, liebre, perdiz, gallina, jamón, manteca de cerdo, nueces y especias y los zarajos -trenzado de tripas de cordero, asado al horno y conservado colgado al humo como los chorizos-, además del cordero al horno y en caldereta, las truchas, los cangrejos de río y el gazpacho manchego con una base de torta de pastor.

Para “bajar” la comida merece la pena probar el alajú, un postre de reminiscencias árabes compuesto por una base de almendras, nueces, piñones, pan rallado y tostado, aderezado con especias finas y miel bien cocida. Y si se acompaña con una copita de resolí, una bebida digestiva a base de licor de café, mucho mejor.

Guadalajara es especialista en asados de cordero o cabrito, ya sea relleno a la montañesa ¡en la región de Atienza, al alioli, en Molina de Aragón, con salsa hecha al estilo de Jadraque y Cogolludo o asado, sin más, sólo con agua y sal. Y de postre, bizcochos borrachos y cualquier propuesta que lleve como ingrediente la rica miel de La Alcarria.

Y por último Toledo, con su especialidad en perdiz estofada, a la que logran dar su punto exacto gracias a una lenta y cuidadosa cocción. Por no hablar del cuchifrito, las judías con perdiz o con liebre, el cordero asado, las carcamusas, el venado con setas o a la plancha y maravillosos postres como el mazapán o las melinches de Yepes.