Los hábitos alimentarios, demográficos y sociales han propiciado el desarrollo de productos con un valor añadido para el consumidor. En la industria de panadería, una de las mayores innovaciones orientadas a satisfacer las necesidades y sofisticación de los compradores ha sido el pan de molde. Pan cortado en rebanadas y envasado que proporciona una vida […]
Los hábitos alimentarios, demográficos y sociales han propiciado el desarrollo de productos con un valor añadido para el consumidor. En la industria de panadería, una de las mayores innovaciones orientadas a satisfacer las necesidades y sofisticación de los compradores ha sido el pan de molde. Pan cortado en rebanadas y envasado que proporciona una vida de almacenamiento más prolongada al producto.
Pero ¿desde cuándo comemos el pan de molde en rebanadas? La tradicional barra de pan previamente cortada y posteriormente envasada para su comodidad se vendió por primera vez el 7 de julio 1928 gracias a Otto Rohwedder, un joyero americano que, cansado de rebanar él mismo el pan inventó una máquina que lo cortara en perfectas rebanadas.
Esta exitosa máquina llegó a España en 1964 cuando un empresario mexicano de origen catalán decidió crear en Granollers (Barcelona), la primera empresa de pan industrial de molde, Bimbo, montada sobre las mismas bases que ya habían triunfado en México.
La principal ventaja del pan de molde respecto al pan tradicional es su fácil masticación pero sobre todo su buena conservación para el consumo durante varios días, muy superior al del pan común, así como su adecuación a determinados usos específicos en la gastronomía. Por ello, este tipo de pan requiere una formulación y unas condiciones de proceso diferentes a las del pan común. En concreto, las empresas que elaboran pan de molde trabajan con harinas de fuerza y poco extensibles, y lo más exentas posible de actividad proteolítica, de modo que resistan bien todo el proceso.
En este sentido, la principal diferencia con el pan común —aparte de su textura— es que en el caso del pan de molde el contenido en grasa, proteínas y fibra es algo mayor que en el tradicional, lo que le convierte en un producto más palatable, más blando y menos perecedero, conservándose en buen estado durante más tiempo.
En auge
El pan de molde ha sido uno de los tipos de pan que más ha aumentado a lo largo de los últimos años. En concreto, actualmente el consumo de pan de molde representa el 10,7% del consumo de pan de los hogares en España en 2013, según los últimos datos de IRI World Wide del año pasado. Por categorías, el pan de molde blanco supone el 77,72% del consumo del mercado mientras el integral representa el 22,28% restante.
En los últimos años se ha generalizado el hábito de consumir pan de molde debido a la amplia oferta de nuevos formatos, sabores y panes con determinados ingredientes especiales y para usos específicos, así como para prevenir faltas de este producto por su conveniente conservación. Aunque para la fabricación del pan tradicionalmente se ha preferido generalmente harina blanca de trigo parece que estas preferencias de consumo están cambiando y en la actualidad existe un ascenso en el consumo de pan integral o diversos ingredientes como nueces, semillas y otros que elevan su valor nutritivo y están asociados a mayores beneficios para la salud.
En la actualidad, las empresas asociadas a Asemac —asociación que reúne al 80% de las empresas y cerca del 90 % de las ventas del sector de masas congeladas— ofrecen una variada oferta que ponen en el mercado con un alto nivel de calidad.
Artículos relacionados
Redescubriendo un alimento milenario: el pan
La levadura, ese ingrediente mágico del pan
Pan de verano con espinacas, zanahoria y lentejas
Panes artesanos que no hay que perderse
Guía para elaborar pan en casa
Mitos y realidades en torno al pan
Al pan, pan y a cada cocinero el suyo
Pan con corteza crujiente, como el de siempre
Cómo debería ser el pan que compramos
{jathumbnail off}

