La nueva película de Álex de la Iglesia tiene lugar en uno de esos bares madrileños que él define como de “olor a sándwich mixto y café cortado”, bares que el periodista Mario Suárez ha recogido en el libro homónimo de la película, El Bar: historias y misterios de los bares míticos de Madrid, y […]

La nueva película de Álex de la Iglesia tiene lugar en uno de esos bares madrileños que él define como de “olor a sándwich mixto y café cortado”, bares que el periodista Mario Suárez ha recogido en el libro homónimo de la película, El Bar: historias y misterios de los bares míticos de Madrid, y que será publicado por Lunwerg al mismo tiempo que se estrene el film, como parte de un proyecto multimedia

Un homenaje al espíritu inmortal de unos locales míticos que conforman la identidad del Madrid más auténtico. Un original y completo recopilatorio de los bares más famosos de la capital en el que conoceremos su historia, sus anécdotas, personajes ilustres que los han frecuentado y cómo han ido evolucionando con el paso del tiempo.

En total son cuarenta y cinco reseñas en las que se descubre que fue en Casa Labra, famoso por sus croquetas de bacalao, donde Pablo Iglesias fundó el Partido Socialista Obrero Español; que en La Fontana de Oro pernoctó el mismísimo Alejandro Dumas, y Pérez Galdós lo inmortalizó en su libro; que Ortega y Gasset tomaba embutidos y vinos en Casa González; que Alfonso XIII se escapaba a la barra de El Anciano Rey de los Vinos; o que la familia Clinton se tomó un bocadillo de calamares en el archiconocido El Brillante. Leyendas vivas de la ciudad que guardan miles de historias entre sus sillas.

Seis bares míticos de Madrid

Y, como muestra, seis bares míticos de Madrid que Mario Suárez recoge en este libro.

CASA LABRA. El 2 de mayo de 1879, un joven Pablo Iglesias fundaba entre estas paredes, junto con una veintena de compañeros, el Partido Socialista Obrero Español. Este quizá sea el hecho que más les consagra dentro de la ciudad de Madrid, junto con los famosos bocados de bacalao frito que congregan cada día a numerosas personas en su puerta.

En su fachada con portones de madera, una de las más fotografiadas de la ciudad e icono de la tradicional taberna madrileña, reza que Casa Labra abrió en 1860, lo que la convierte en una de las más antiguas de la capital, a dos pasos de la Puerta del Sol. Su posición estratégica hizo que Casa Labra fuera el colofón pacífico de muchas de las manifestaciones antifranquistas en los años setenta, y obreras en los ochenta, que terminaban aquí entre vermú, cerveza y cortezas de cerdo.

Este es un local para comer de pie, pidiendo por un lado la comida y por otro la bebida, como hicieron siempre sus primeros taberneros, aunque también tienen mesas para debatir y pedir platos de cuchara o tenedor, como sus también famosos tacos de atún y sus croquetas de bacalao.

LA FONTANA DE ORO. Desde finales del siglo XVIII lleva abierta en Madrid esta taberna que primero fue fonda y luego café, y que inmortalizó el escritor Benito Pérez Galdós en su novela La Fontana de Oro (1870), como radiografía del costumbrismo parroquiano de la capital en esos años.

Todavía se conserva una vecina placa que recuerda que aquí estuvo alojado, además, Alejandro Dumas, cuando este esquinazo era el Hotel de Monier, en 1846. Años después, pasó a llamarse la Fonda de los Embajadores, por alojar a ilustres diplomáticos en ella, y así hasta convertirse, décadas después, en un pub de estilo irlandés, con fachada de madera y decenas de botellas de destilados ilustrando sus escaparates.

CASA GONZÁLEZ. Vicente González Ambit creó Casa González en 1931, una tienda de ultramarinos en la que despachaba quesos manchegos y morcillas murcianas mientras su mujer y sus hijas vivían en la trastienda. En la parte de atrás del negocio tenían lugar, en época de la Guerra Civil española, reuniones de socialistas que intentaban hacer frente a las fuerzas franquistas.

Tras la contienda bélica, Casa González se convirtió en el proveedor de la sociedad madrileña de la época, entre ellos, Ortega y Gasset, nobles y diversos eruditos que visitaban el vecino Ateneo de Madrid.

Hoy, su único ventanal a la calle del León es el escaparate más representativo del barrio. Coger sitio en alguna de sus mesas que miran a los adoquines es toda una proeza, pero cuando se consigue, se disfruta más el vino, los ibéricos y otras delicias internacionales que han añadido a sus estantes.

LHARDY. Dicen que Isabel II se escapaba de palacio para comer en Lhardy, tradición que adoptó después Alfonso XII. Su fachada de caoba de Cuba encierra tres salones: el Isabelino, el Blanco y el Salón Japonés, que aún conservan los revestimientos de papel pintado y que se mencionan en las obras de Galdós, Mariano de Cavia y Azorín.

Fue el primer local de Madrid donde se podían hacer reservas telefónicas, desde 1885, cuando solo había cuarenta y nueve abonados en la capital; también fue pionero en dejar entrar a las señoras sin compañía de caballeros. Y eso fue quizá lo que hizo que la propia espía Mata Hari fuera detenida después de comer aquí, camino del hotel Palace.

MUSEO CHICOTE. Si hay un bar esencial en la capital es éste. Sus sillones de escay verde son los que más visitantes ilustres han acogido desde que se abriera en 1931.

Cuentan que a mediados de los años cincuenta, un túnel secreto debajo de la barra conectaba el Museo Chicote con el vecino bar Cock. Era utilizado por una famosa pareja que, cuando se cerraba este mítico local de la Gran Vía, cruzaba el pasadizo para continuar con su oculto romance en el otro establecimiento. Eran la actriz Ava Gardner y el torero Luis Miguel Dominguín.

El cineasta Luis Buñuel era aficionado a los Dry Martinis del Chicote, que pedía como «unas lágrimas de vermú en un océano de ginebra», según comentan. Buñuel decía que Chicote era «la Capilla Sixtina del Dry Martini». Pero también de los Negronis, el cóctel que pedía siempre Sofía Loren cuando caía por Madrid.

EL BRILLANTE. Cuentan los camareros de este bar que, en julio de 1997, durante la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid, el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, entró en El Brillante acompañado de su esposa Hillary y su hija Chelsea para comerse un bocata de calamares.

El Brillante es obra de Alfredo Rodríguez Villa, un leonés que llegó a Madrid en 1934 y decidió emprender su sueño de crear su establecimiento propio donde vender churros, porras y pollos asados. Al tiempo se convirtió en una de las primeras cadenas de bares de la capital, llegando a haber hasta siete en todo Madrid. Hoy solo queda en pie el de la glorieta de Atocha, con treinta y ocho trabajadores sirviendo a diario bocadillos de calamares fritos en aceite de oliva virgen.

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Un homenaje al espíritu inmortal de unos locales míticos que conforman la identidad del Madrid más auténtico. Un original y completo recopilatorio de los bares más famosos de la capital.
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