Cada día vemos, compramos y consumimos un buen número de productos que forman parte ya de nuestro entorno personal, que nos resultan naturalmente familiares y cercanos. Sin embargo, no siempre conocemos el verdadero origen del producto o de su nombre, que en ocasiones se remonta a épocas muy lejanas.
Como, por ejemplo, el del chocolate, uno de los placeres más universales y aceptados en todo el planeta, del que, sin embargo, lo que hoy conocemos como una tableta dulce y cremosa dista mucho de sus orígenes como una bebida amarga, picante y sagrada en las selvas de Mesoamérica. Su historia es un viaje de miles de años que traspasa fronteras, transforma economías y redefine el concepto del lujo.
El origen del chocolate
Aunque el cacao se ha asociado tradicionalmente con los mayas, según la Universidad de Harvard y la revista Arqueología Mexicana, evidencias arqueológicas recientes sugieren que los olmecas ya consumían anteriormente, hacia el año 1500 a.C., derivados del cacao.
No obstante, según registros de la Secretaría de Agricultura de México y el Ministerio de Cultura de España, fueron los mayas quienes perfeccionaron su cultivo y consumo. Para ellos, el chocolate no era un postre, sino una bebida ceremonial llamada xocolātl (agua amarga), elaborada moliendo granos de cacao y mezclándolos con agua, chile y harina de maíz.
Posteriormente, ya con los aztecas, el valor del cacao era tal que los granos se utilizaban como moneda de cambio. De hecho, decían que el dios Quetzalcóatl había entregado el cacao a los hombres, razón por la cual el emperador Moctezuma lo consumía en copas de oro antes de visitar a sus esposas, creyendo en sus propiedades vigorizantes.
Pero realmente fue la llegada de los españoles a América en el siglo XVI lo que cambió el destino del cacao. Se dice que Cristóbal Colón fue el primer europeo en ver los granos, pero, según National Geographic, fue Hernán Cortés quien comprendió su valor comercial y social tras ser recibido por Moctezuma con esta bebida. Al principio, el sabor amargo no entusiasmó a los europeos, pero cuando los monjes en España decidieron adaptar la receta, sustituyendo el chile por azúcar y canela, y comenzaron a servirlo caliente, se produjo un giro decisivo, convirtiéndose en un éxito instantáneo y secreto entre la aristocracia española durante casi un siglo.
La democratización del chocolate
Durante los siglos XVII y XVIII, el chocolate se extendió por las cortes de Francia e Inglaterra, donde las entones llamadas Casas de chocolate se convirtieron en centros de reunión de la élite. Sin embargo, seguía siendo un producto artesanal y costoso. La verdadera transformación llegó con la Revolución Industrial, primero con la invención de la prensa de cacao —Casparus van Houten, Países Bajos, 1828— y luego con la primera barra de chocolate sólida de la historia fabricada en 1847 por la compañía británica J.S. Fry & Sons.
En 1875, Daniel Peter y Henri Nestlé, en Suiza, añadieron leche condensada a la mezcla, inventando el chocolate con leche y, finalmente, en 1879 Rodolphe Lindt inventó la máquina de ‘conchado’, que refinaba la textura hasta que el chocolate se derretía en la boca, eliminando la sensación arenosa. Y así llegamos al siglo XX, cuando el chocolate dejó de ser un lujo reservado para reyes para convertirse en un producto de masas.
Actualmente la industria enfrenta nuevos retos, como la búsqueda de la sostenibilidad, el comercio justo y el auge del chocolate bean-to-bar (del grano a la tableta), que busca recuperar los sabores complejos y puros que los antiguos mesoamericanos veneraban.


