Vodka. Probablemente la más básica de las bebidas: incolora, inodora y casi insípida. La bebida tradicional de los zares, producida en Rusia y en Polonia desde finales del siglo IX, está creando a sus fabricantes actuales un espinoso dilema, como es el de decidir la mejor manera de vender un producto esencialmente neutro, a una […]

Vodka. Probablemente la más básica de las bebidas: incolora, inodora y casi insípida. La bebida tradicional de los zares, producida en Rusia y en Polonia desde finales del siglo IX, está creando a sus fabricantes actuales un espinoso dilema, como es el de decidir la mejor manera de vender un producto esencialmente neutro, a una generación inquieta que exige una amplia gama de elección en todo lo que compran, desde cafés con leche de soja hasta zapatillas deportivas específicas para cada ocasión.

Dos enfoques intentando hacer frente a este reto podrían ser el de ofrecer una selecta variedad de sabores diferentes, como hizo en su momento la marca de agua mineral Vitamin Water, y el de envasar el producto de una manera atractiva.

El hecho de añadir sabores no es una idea nueva para los vodkas. Ya hace muchos años que los destiladores, para eliminar o tapar el gusto causado por los nada refinados métodos de producción en crudo de los vodkas jóvenes (algunos incluso se filtraban a través de arena o de fieltro), añadían frutas, hierbas o especias, como por ejemplo bellotas, cerezas, o rábano picante.

Hay sabores…y sabores

Pero hay que reconocer que no era fácil llegar a la conclusión de fabricar un vodka con proteínas, como ha hecho Devoción Vodka, que ha añadido a su licor básico la caseína, una proteína que figura en la composición de muchos alimentos tipo yogures y batidos. O la marca Bakon, que ofrece un vodka con sabor a tocino, como su propio nombre indica.

Todo parece indicar que el planteamiento de los fabricantes está basado en el hecho de que para atraer a un consumidor en la decisión de compra de una determinada marca de vodka, el envase es un elemento previo y fundamental que debe llamar su atención.

Stolichnaya, por ejemplo, optó por mantener su botella tradicional, pero modificando el diseño de la etiqueta para cada una de sus versiones de sabores. Las ilustraciones atemporales que utiliza trasladan al cliente la novedad de las versiones, pero siempre manteniendo la imagen de una marca cercana, familiar, de confianza.

Otra marca importante en el sector, Smirnoff Twisted, ha centrado sus esfuerzos en la comercialización de sus diferentes sabores –nada menos que 12 versiones, incluyendo melón y granada– pero le ha dado un toque especial de diseño a su botella, “rasgándola” por el centro, como si  hubiera pasado un tornado por ella, algo que su propio nombre ya sugiere. En este caso, la marca apuesta claramente por un tipo de cliente más joven, menos sofisticado.

¿Una bebida o una obra de arte?

En esta tesitura, algunas marcas han decidido elevar su punto de vista, tratando de calar en la mente del consumidor como si realmente fueran una obra de arte.

Es el caso de la conocidísima Absolut, que desde su lanzamiento en 1979 se ha posicionado visualmente con un gran esfuerzo artístico, tratando de situarse como un referente de diseño, una especie de icono que vincula la imagen del producto con la interpretación creativa: mantiene la forma tradicional de su botella a lo largo del tiempo, pero cambiando constantemente la tipografía y sus esquemas de color y formas gráficas, según sus diferentes variedades o ediciones especiales.