Hacia finales de los ’80 nacía en Italia un movimiento gastronómico-cultural llamado Slow Food, cuyo propósito fundamental era luna clara oposición a la  estandarización de los gustos culinarios a través de una nueva filosofía del gusto que combinaba el placer y el conocimiento. Con el tiempo, el Movimiento Internacional Slow Food ha llegado a estar […]

Hacia finales de los ’80 nacía en Italia un movimiento gastronómico-cultural llamado Slow Food, cuyo propósito fundamental era luna clara oposición a la  estandarización de los gustos culinarios a través de una nueva filosofía del gusto que combinaba el placer y el conocimiento.

Con el tiempo, el Movimiento Internacional Slow Food ha llegado a estar plenamente establecido en 50 países de todos los continentes y cuenta con más de 80.000 socios que promueven la salvaguardia de las tradiciones gastronómicas regionales, con sus productos y métodos de cultivo tradicionales.

A partir de esta filosofía ya establecida, nace ahora el llamado “Proyecto Kilómetro 0”, una iniciativa de la mano de un grupo de cocineros españoles agrupados en la organización de certificación ecológica Terra Madre con el objetivo de unir a productores y consumidores dentro de una idea de comercio justo y consumo consciente aplicado a la gastronomía.

Un paso más allá

La idea básica del Proyecto Kilómetro 0 trata de avanzar un paso más sobre la filosofía original Slow Food, incentivando el consumo de productos locales cuyo origen físico esté situado en campos de cultivo y establos cercanos al cliente final (restaurantes, consumidores y distribuidores), acortando así la distancia entre el pequeño productor y el comprador a través de la venta directa.

De este modo se conseguiría un beneficio adicional verdaderamente importante como es el hecho de reducir en gran medida el daño medioambiental causado por el combustible necesario para el transporte de alimentos desde orígenes lejanos, algo que se produce con una mayor profusión cada día.

Antes de comprar, reflexionar

La clave de este proyecto se plantea al consumidor final en forma de un par de sencillas preguntas que cualquiera puede hacerse antes de llevarse el tenedor a la boca para disfrutar de un alimento: ¿cuántos kilómetros habrán recorrido estas patatas que me voy a comer antes de ir a parar a mi estómago? ¿Es realmente necesario este largo desplazamiento o puedo comprar unas patatas iguales e incluso mejores, cultivadas dentro de mi propia zona geográfica de influencia?

Un segundo beneficio  -no por ello menos interesante- que promueve también este proyecto es la posibilidad de rescatar el cultivo de productos únicos o de temporada, ayudando a que crezca entre los productores un mayor interés por la especialización, al disponer de un mercado  interesado en ese tipo de alimentos particularmente bien valorados pero que dadas las actuales circunstancias de comercialización, la mayoría se encuentran en vías de ser olvidados definitivamente.