Hace tiempo salió a la luz una noticia que hacía referencia a que el FBI, más en concreto su brigada contra la falsificación de obras de arte, estaba investigando la posibilidad de que se hubiera cometido un fraude respecto a la autenticidad de unas botellas de un especialísimo Château Lafitte de 1787, un vino histórico […]

Hace tiempo salió a la luz una noticia que hacía referencia a que el FBI, más en concreto su brigada contra la falsificación de obras de arte, estaba investigando la posibilidad de que se hubiera cometido un fraude respecto a la autenticidad de unas botellas de un especialísimo Château Lafitte de 1787, un vino histórico que al parecer había pertenecido en su día nada menos que al tercer presidente de EEUU, Thomas Jefferson.

Las raras botellas habían sido subastadas y compradas por un millonario, un tal William Koch, propietario de la sociedad Oxbow Corp. y de una bodega personal con más de 35 mil botellas, quien religiosamente pagó por ellas una cantidad cifrada en “varios cientos de miles de dólares”, según información procedente de medios cercanos al potentado.

Etiquetas impresas con  máquina eléctrica

Parece ser que Mr. Koch, tras un minucioso examen de la mercancía comprada, descubrió un hecho que le llamó poderosamente la atención: las iniciales TH.J -supuestamente correspondientes a las del presidente de EEUU- que figuraban en la etiqueta del mencionado vino, habían sido impresas por medio de una máquina eléctrica, lo que evidentemente le pareció algo sospechoso y demasiado avanzado para 1787.

Tras la correspondiente reclamación la casa de subastas por tan extraño hecho, William Koch no logró una explicación razonable respecto al milagroso “avance tecnológico”, sino únicamente la “garantía personal” por parte del vendedor de que no todo el lote se encontraba en la misma supuestamente fraudulenta situación, y que por tanto, algunas botellas del mismo lote eran auténticas.

Lógicamente la apurada y escasa explicación no solo no dejó satisfecho al millonario, quien denunció el caso, sino que intranquilizó a cientos de coleccionistas de vinos históricos de todo el mundo, quienes debieron pensar aquello de que “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”. El asunto es que, debido a las especiales circunstancias de las botellas, el caso acabó en manos de la brigada especial de falsificación de arte del FBI.

Lo que sin duda, da lugar a lugar a un par de reflexiones interesantes: ¿Es un vino viejo una obra de arte por sí mismo, tanto como para que interese a una brigada especial del FBI?  ¿No es el vino sino su procedencia, su anterior pertenencia a las bodegas de un personaje ilustre la que le otorga ese valor? o bien sencillamente ¿El delito es haber falsificado la fecha atribuida a un objeto, con independencia de su valor intrínseco o histórico?