Cada cierto tiempo nos despertamos una mañana cualquiera y nos topamos con algún tipo de investigación alimentaria que provoca una especie de shock colectivo: el aceite de oliva era malísimo para la salud hace tan solo unos años, para a continuación pasar a ser cardiosaludable y formar parte indiscutible de la dieta mediterránea. Igual pasó […]

Cada cierto tiempo nos despertamos una mañana cualquiera y nos topamos con algún tipo de investigación alimentaria que provoca una especie de shock colectivo: el aceite de oliva era malísimo para la salud hace tan solo unos años, para a continuación pasar a ser cardiosaludable y formar parte indiscutible de la dieta mediterránea. Igual pasó con la carne de cerdo. O con los pollos con hormonas femeninas. Y más recientemente con la crisis del pepino español, que finalmente terminó siendo un problema relacionado con los brotes de soja alemanes.

Uno de los últimos hallazgos por parte de los académicos de la Universidad de Bristol, en el Reino Unido,  es que el café no nos hace estar más despiertos. Según la investigación, los bebedores habituales de café sienten ese efecto “motivador” porque al ingerir una nueva taza de esta bebida se alivian los síntomas de privación de cafeína, devolviéndoles a la “normalidad”. Pero para aquellos que no suelen tomar café -según los investigadores- la diferencia de estado anímico antes y después de una taza de café, es insignificante.

Resultados científicos vs. experiencia personal

Todo esto está muy bien, pero estaría mejor todavía saber cómo explican los académicos el siguiente fenómeno, que nos ocurre a casi todas las personas, especialmente  sobrepasados los cuarenta años: haciendo caso a todas las recomendaciones habidas y por haber  por parte de las autoridades sanitarias, decidimos reducir el consumo de esta sustancia. Y así lo cumplimos de forma regular. Pero una noche cualquiera, cenando tranquilamente con unos amigos en un restaurante, al final de la velada el camarero se acerca y nos pregunta tentadoramente: “¿los señores tomarán café?”

En ese momento, una especie de voz interior nos dice “¿un cafetito? Venga, total…”

“Si, un cortado, por favor” decimos alegremente.

¿En qué se piensa a las tres de la mañana?

A las tres de la mañana se encuentra uno en la cama, todavía despierto. Nuestros pensamientos han tenido el tiempo para dar vueltas a todo tipo de temas, desde la nefasta declaración de la renta hasta ese inexplicable ruido de goteo que se oye, procedente del cuarto de baño.

A partir de ahora, afortunadamente tendremos otro tema más en que pensar, para pasar el rato de insomnio: reflexionar sobre esta reciente investigación de la Universidad de Bristol y sus extraños resultados, según los cuales el café no despierta más de lo normal.