Una salida muy airosa para cumplir en una comida o cena improvisada en casa es preparar una vistosa tabla de quesos. Rápida, sabrosa y fácil de recoger y limpiar. Una buena tabla de quesos debería de contener entre cinco y siete variedades y además que los quesos sean de diferente clase. El ideal, salvando los […]

Una salida muy airosa para cumplir en una comida o cena improvisada en casa es preparar una vistosa tabla de quesos. Rápida, sabrosa y fácil de recoger y limpiar.

Una buena tabla de quesos debería de contener entre cinco y siete variedades y además que los quesos sean de diferente clase.

El ideal, salvando los gustos particulares, sería:

– Un queso de cabra.
– Uno de pasta blanda, del tipo de los de Tetilla gallegos o Torta del Casar extremeña.
– Tres de pasta dura, como un Manchego o un Idiazabal curados o semicurados.
– Dos de los llamados azules, de la clase del Cabrales o el Roquefort

Las porciones de cada uno de ellos deben presentarse cortadas de la forma más regular posible y no muy grandes, ya que suelen tomarse de un bocado.

Y… a la mesa

A la hora de la degustación, lo mejor es empezar por los más suaves –más o menos el orden de la lista anterior- hasta llegar a los más intensos de sabor, los azules.

Y para quedar todavía mejor, podemos presentar la tabla o la fuente acompañada de algunas nueces, avellanas o pasas. Además de mejorar el aspecto estético, los frutos secos casan muy bien con todos los quesos. Acompañados, naturalmente, de un buen vino tinto y si es de crianza, mejor todavía.