¿La salsa verde para las almejas no ha quedado tan verde como queríamos? ¿La mermelada de fresa de la receta de la abuela parece de zanahoria en lugar de fresa? ¿Estamos asombrando a alguien con un exótico cóctel “Blue Pacific” y el “blue” no aparece por ninguna parte? No pasa nada. Para eso están los […]

¿La salsa verde para las almejas no ha quedado tan verde como queríamos? ¿La mermelada de fresa de la receta de la abuela parece de zanahoria en lugar de fresa? ¿Estamos asombrando a alguien con un exótico cóctel “Blue Pacific” y el “blue” no aparece por ninguna parte?

No pasa nada. Para eso están los llamados Food Colors, o colorantes alimentarios, que aunque por su nombre parecen algo muy tecnológico y sofisticado, en realidad son un sencillo y casero recurso al alcance de cualquiera.

Se trata de unos pequeños botecitos con un líquido de color concentrado que permiten, con tan solo un par de gotas, cambiar por completo el aspecto de un producto, plato o preparación, incluso con gamas intermedias de coloración combinando varios tonos.

Por supuesto son de uso culinario, absolutamente comestibles e incluso contrariamente a lo que parecen así de entrada, la mayoría de ellos están elaborados a partir de elementos tan naturales como la remolacha, malta, te, cúrcuma, azúcar tostada, etc. que son los que aportan el color y se venden generalmente en tiendas tipo gourmet o especializadas en repostería, donde su uso es bastante habitual.