Mucho ha cambiado la actual Casablanca, la mayor ciudad del cercano y vecino Marruecos, desde que los antiguos marinos portugueses, que vadeaban con frecuencia las costas de África, comenzaran a identificar por este nombre la entonces pequeña aldea con escasas viviendas blancas que se divisaba sobre la colina de Anfa, en la actualidad, uno de […]

Mucho ha cambiado la actual Casablanca, la mayor ciudad del cercano y vecino Marruecos, desde que los antiguos marinos portugueses, que vadeaban con frecuencia las costas de África, comenzaran a identificar por este nombre la entonces pequeña aldea con escasas viviendas blancas que se divisaba sobre la colina de Anfa, en la actualidad, uno de sus barrios más exclusivos.

Aunque Casablanca se ha convertido hoy en día en una gran metrópolis, con importantes barrios occidentalizados en los que establecen sus sedes todo tipo de compañías y marcas internacionales, la ciudad mantiene el abierto espíritu de multiculturalidad que siempre le ha definido, y conserva lo mejor y más auténtico de las raíces culturales marroquíes. Todo ello muy cerca de cualquier punto del territorio español. Por carretera, a escasos 400 kilómetros de la costa española; y en avión, a poco más de una hora desde Madrid, una opción rápida y sencilla que cuenta además con la facilidad de vuelos ofrecida por la aerolínea nacional de Marruecos y con la ventaja de que la compañía nacional marroquí opera con su base establecida precisamente en Casablanca

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Una vez aterrizados en la ciudad y para entrar de lleno en la cultura vecina, lo mejor es una visita a la antigua Medina de Casablanca o casco antiguo, situada junto al puerto y rodeada de murallas del siglo XVI, que defendían santuarios como el de Sidi Kairouani o Sidi Bousmara y mezquitas como la de Ould el Hamra y la de Dar El Makhzen.

Rica arquitectura

Esta Medina, aunque menos compleja que las que poseen otras ciudades imperiales como Fez, Marrakech, Rabat o Tánger, dispone sin embargo de atractivos rincones con una amplia oferta shopping, ya sean objetos típicos, como productos de primeras marcas, además de la reconocida marroquinería marroquí.

Uno de los grandes símbolos arquitectónicos de Casablanca es sin duda la Gran Mezquita Hassan II, una impresionante edificación construida sobre la propia playa por sufragio popular. Con su minarete de más de 200 metros de altura, su sala de oraciones con capacidad para albergar a 25.000 fieles y una explanada que permite la presencia de otras 80.000 personas, está considerada como una de las mayores mezquitas del mundo.

Otra interesante faceta de la ciudad es la que viene marcada por su extensa época colonial, con numerosos edificios que testifican este período histórico a través de diferentes estilos arquitectónicos, desde el más puro y tradicional marroquí hasta el modernista, pasando por el Art Déco. Un simple paseo por zonas como la céntrica avenida de Mohamed V permite disponer de una rápida y completa experiencia sobre esta amplia variedad arquitectónica.

Gastronomía única

Pero los recorridos a pie terminan siendo la mejor forma de abrir el apetito. Su apertura a occidente durante tantos años ha hecho que actualmente sea fácil encontrar una amplia oferta de restaurantes de estilo francés, norteamericano, oriental, italiano, chino o mexicano; pero a pesar de ello, la ciudad ha mantenido lo mejor de su tradición gastronómica, con una rica cocina que puede disfrutarse en infinidad de establecimientos, que sirven menús elaborados exclusivamente con productos y recetas tradicionales, verdaderos placeres para nuestros paladares.

Además del delicioso y delicado té de menta con el que le recibirán prácticamente en cualquier lugar, es casi de obligado cumplimiento volver de Casablanca habiendo probado algunas especialidades como, por supuesto, el conocido Cuscus, un plato que se prepara de muy diferentes formas, pero siempre sobre la base de carnes y verduras. O el Tajine, un guiso de pescado, carne o legumbres presentado en un recipiente de barro del que comen directamente todos los comensales.

Por no hablar de las sabrosas y variadas brochetas, generalmente de cordero, aderezadas con exóticas especies; de las Keftas, unas albóndigas que tanto pueden ser de carne como de pescado; o de la Pastilla, un pastel de hojaldre con multitud de ingredientes encontrados, ya que la tradición manda que se mezclen alimentos como pollo, almendras, perejil, huevo duro, azúcar, canela o miel, entre otras tantas posibilidades.

Y tras finalizar la comida, aunque el alcohol está prohibido por la religión musulmana, existen un buen número de locales autorizados con un permiso especial, en los que se puede tomar cualquier bebida internacional, además de algunas bebidas locales como la cerveza ‘Flag Special’ o un vino procedente de uvas cultivadas en la cercana región de Boulaouane y, especialmente recomendado, una copita de ‘Mahía’, un licor de de higos de origen sefardí que resulta ser un excelente digestivo.

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