La salsa Ketchup es probablemente una de las más sencillas, baratas y familiares que uno pueda encontrar, tanto si se come fuera en un restaurante como si se compra en un supermercado, para llevar a casa. Pero ahora, Heinz ha dado a esta salsa tan típica un cambio de imagen sustancial para la mayoría de […]

La salsa Ketchup es probablemente una de las más sencillas, baratas y familiares que uno pueda encontrar, tanto si se come fuera en un restaurante como si se compra en un supermercado, para llevar a casa.

Pero ahora, Heinz ha dado a esta salsa tan típica un cambio de imagen sustancial para la mayoría de los consumidores habituales, lanzando un nuevo ketchup elaborado con vinagre balsámico. La salsa, de un color más oscuro que la original, tiene un sabor balsámico distintivo, pero sigue siendo igual de dulce, afortunadamente para los más “adictos”.

La nueva fórmula contiene 27.2 gr. de azúcar por cada 100 gr. de producto, en lugar de los 23.5 gr. existentes en la salsa de tomate original. El nuevo Ketchup, sin embargo, es algo menos salado, con 2,2 gr. de sal por cada 100 gr. en comparación con los 3,1 gr. de los que disfrutaba en el sabor clásico, una combinación de sabores que aparentemente queda compensada.

La nueva salsa, que se presenta en la típica y distintiva botella de vidrio de Heinz con ocho lados, es el intento más reciente de Heinz por atraer a un conjunto de consumidores pertenecientes a una clase social más elevada.

Cambios en los gustos de los consumidores

Actualmente, las grandes compañías de distribución de alimentos, los propios supermercados y las grandes superficies están teniendo cada vez más cuenta los cambios que en las últimas décadas se están produciendo en los gustos de los consumidores, en los que progresivamente se van incluyendo un tipo de “sabores exóticos” que hace años eran impensables para ningún fabricante.

El vinagre balsámico es un tipo de vinagre elaborado a partir de vino, que se envejece en barricas de roble para asumir su sabor más dulce y el característico tono oscuro. Su popularidad se disparó en la década de los ’90 gracias a los turistas de clase media alta que regresaban de Italia con botellas de esta cara variedad de vinagre, convirtiéndolo en pocos años en un nuevo símbolo de refinamiento social.