El movimiento Slow Food, la expresión de una filosofía culinaria que nace en Italia en los años ochenta y que actualmente cuenta ya con más de  80.000 socios en todo el mundo, promueve en términos generales la recuperación de la gastronomía tradicional y de los productos autóctonos de cada zona geográfica. En el caso de […]

El movimiento Slow Food, la expresión de una filosofía culinaria que nace en Italia en los años ochenta y que actualmente cuenta ya con más de  80.000 socios en todo el mundo, promueve en términos generales la recuperación de la gastronomía tradicional y de los productos autóctonos de cada zona geográfica.

En el caso de Galicia, Slow Food está presente desde el año 2009 con la presencia de alrededor de 30 miembros activos que se esfuerzan en conseguir que todos volvamos a dedicarle tiempo al acto de comer en familia, conversar y disfrutar del placer que ofrece la gastronomía local, algo que permitiría a su vez reactivar la economía del rural y proteger los productos autóctonos en peligro de extinción.

Tres productos con riesgo inminente

Como es el caso del ‘porco celta’ una especie propia de Galicia que por ser descendiente de una raza salvaje puede vivir en libertad aprovechando los recursos locales. Hasta la década de los años 50 era un animal habitual en los establos de la región, que posteriormente fue desapareciendo poco a poco, hasta nuestros días.

Físicamente se trata de un animal más largo que el cerdo común, poco precoz, pues tarda más de lo normal en su crecimiento, con la cabeza más grande y las orejas más largas. Su carne es excelente para la elaboración de embutidos y jamones.

O la centolla, un crustáceo que vive en las aguas del litoral gallego, de cuerpo grande y redondeado que puede llegar a medir de 10 a 20 cm. y que podría verse en riesgo de desaparición a causa de una progresiva y creciente demanda unida al hecho real de que sus capturas son cada año más escasas.

Y el ‘millo corvo’, una variedad de maíz muy resistente que se cultivaba en terrenos de poca calidad y que recibía este nombre por su color, más oscuro. Esta planta se empleaba como barrera para proteger otros cultivos, pero poco a poco el avance en las técnicas agrícolas fue dejando a un lado el uso de este producto, hasta actualmente llegar a su casi total desaparición.

Defensa de los alimentos autóctonos

«El trasvase de población del rural a las ciudades provoca que se pierdan formas tradicionales de tratar el campo y por tanto hay alimentos que si no se protegen van a desaparecer», señala Antonio García Allut, miembro de Slow Food Galicia.

Desde este movimiento defienden la comida tradicional, aunque en realidad su intención no es la de recuperar las recetas típicas sino los propios alimentos autóctonos. «Nuestra misión no es velar por la supervivencia del caldo gallego, por ejemplo, pero si llega un día que una especie concreta de grelos que tiene ciertas cualidades está a punto de desaparecer, lucharemos para evitarlo. Trabajamos para proteger productos autóctonos, pero solo aquellos que están en peligro de extinguirse», añade Allut.