En algunos cuadros y grabados antiguos, películas de época e incluso en casa de alguna tía abuela también de época, es frecuente encontrarnos con unas lujosas fuentes de cerámica, barro o metal coronadas por una artística tapa en la que se representa, en relieve, la cabeza de algún despistado animalillo –conejo, pato, pollo, cerdo, faisán […]

En algunos cuadros y grabados antiguos, películas de época e incluso en casa de alguna tía abuela también de época, es frecuente encontrarnos con unas lujosas fuentes de cerámica, barro o metal coronadas por una artística tapa en la que se representa, en relieve, la cabeza de algún despistado animalillo –conejo, pato, pollo, cerdo, faisán o cordero– oteando tristemente el infinito.

Verdaderamente llaman la atención, en parte por su vistosidad pero sobre todo por lo absurdo: ¿qué sentido tiene la reproducción escultórica de ese animal, mirando fijamente a los comensales y presidiendo la mesa displicentemente?

Aunque no existe ninguna teoría rigurosamente científica sobre este asunto, el origen más probable parece ser el siguiente.

Nos vamos hasta la Edad Media

Hemos de remontarnos a la Edad Media, esa época oscura sin agua corriente ni luz eléctrica, sin cristales en las ventanas y, por supuesto, sin médicos, antibióticos ni dentistas. Casi todos los afortunados que a pesar de las penurias seguían vivos a partir de los treinta años, habían perdido ya la mayoría de su dentadura por una u otra razón: piezas picadas eternamente, infecciones, peleas de taberna, guerras feudales, piernas de cordero devoradas con demasiada prisa…

Pues bien, en este escenario, en el que además hay que recordar que tampoco existían los cubiertos –desde luego no el tenedor ni el cuchillo, en todo caso únicamente algo parecido a la cuchara– los encargados de las cocinas de la aristocracia tuvieron que ingeniárselas para que a pesar de su penosa situación dental, los sufridos señores pudieran comer de todo, recurriendo para ello a triturar los alimentos hasta dejarlos en piezas mínimas que se ingirieran fácilmente.

Pero, naturalmente, en estas circunstancias todas las carnes (el pescado prácticamente no se probaba) parecían iguales, por lo que para evitar confusiones y facilitar las cosas se les ocurrió adornar las fuentes con las cabezas de los correspondientes animalillos: que al señor le apetece pato, que busque el pico, que conejo, que distinga las orejas, que cerdo, el morro.