Garantizar el acceso a la comida a los más de 9.000 millones de personas que se estima que habitarán el planeta hacia el año 2050 es un gran desafío que requiere de la colaboración de todos para que el medio ambiente no se indigeste.

Aprovechando que durante 2017 se conmemora el Año Internacional del Turismo Sostenible, Healthia Certification, sello internacional que identifica a los hoteles que ofrecen una alimentación saludable, ha querido sumarse a esta iniciativa con este Decálogo de la Alimentación Sostenible, unas interesantes pautas para aprender a comer sano sin dañar el planeta.

Decálogo de la Alimentación Sostenible

Seguir una dieta sana. Llevar una alimentación saludable en el día a día (vacaciones incluidas) es una manera eficaz de cuidar el medio ambiente. Un reciente estudio de la Universidad de Santa Bárbara en California (EE.UU.) ha cuantificado los beneficios de disminuir la cantidad de carne roja y duplicar el consumo de fruta y verdura. A través de modelos matemáticos, los investigadores han medido el impacto que este cambio de dieta tendría para la salud y el medio ambiente. Los datos son elocuentes: una alimentación saludable, reduce entre un 20 y un 40% la posibilidad de sufrir infarto de miocardio, cáncer colorrectal y diabetes de tipo 2, así como rebaja hasta en un 17% la emisión de gases de efecto invernadero.

Descubrir la vía verde. Cada vez que visitemos una ciudad distinta a la nuestra, conviene recordar que hay cosas que se mantienen inalterables. Por ejemplo, comiendo una ensalada o un plato de legumbres se contribuye a proteger el medio ambiente en cualquiera de los cinco continentes. La producción de alimentos de origen animal es responsable del 51% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Según un estudio del Eurobarómetro, más de un 80% de los europeos reconocen estar preocupados por el impacto medioambiental de los alimentos que comen, mientras que un 70% de los españoles estaría dispuesto a pagar más por un restaurante con una oferta sostenible.

Pensar globalmente, comer localmente. Con independencia de que estemos en la ciudad en la que residimos o en otra distinta, lo mejor es elegir alimentos locales de temporada, todavía más si proceden de variedades tradicionales. Si hablamos de frutas y verduras, es más probable que estén en su punto óptimo de maduración, mientras que si se trata de animales —pescado y marisco, sobre todo— contribuiremos a respetar sus ciclos vitales. A su vez, las variedades autóctonas, pese a ser habitualmente menos productivas para los agricultores, tienen mucho más sabor y contribuyen a preservar la biodiversidad, al no cultivarse en régimen de monocultivo. Asimismo, consumir alimentos del entorno más próximo ayuda a conservar mejor los nutrientes (vitaminas, minerales, antioxidantes, etc.) que si estos mismos alimentos han de viajar en barco o camión y permanecer tiempo almacenados.

Ir andando al restaurante elegido. Acudir caminando a visitar lugares de interés turístico ayuda a combatir el sedentarismo, a la vez que se evita utilizar vehículos que emplean combustibles fósiles. Es probable que en ocasiones debamos recurrir a algún medio de transporte si la distancia es excesiva, pero ir caminando al mercado local, a la catedral o al restaurante escogido, nos permitirá conocer mejor el sitio en el que nos encontramos y mejorará nuestra salud y la del planeta.

Probar los alimentos frescos del lugar y alejarse de envases superfluos. Dar prioridad al consumo de vegetales —hortalizas, verduras, frutas, legumbres, etc.—, es mucho más saludable que recurrir a productos empaquetados, además de contaminar menos. En todo caso, si nos decantamos por productos procesados, elegir preferiblemente aquellos que hacen un uso responsable del embalaje. Si surgen dudas sobre la política ambiental de una empresa, consultar el índice de sostenibilidad Dow Jones, que mide cuán sostenibles son las empresas más grandes del mundo.

Cenar (y comer) eco friendly. Cada vez más consumidores se preguntan: ¿procede el huevo de una gallina criada en libertad?, ¿tiene sentido despreciar una verdura rebosante de vitalidad por tener una forma poco agraciada?, ¿contribuirá un plato de ‘pezqueñines’ a la rápida extinción de los peces? Cuestionarse la procedencia de los ingredientes del plato comienza a ser valorado por los principales chefs del mundo. Elaborar comida sostenible implica un nuevo tipo de mentalidad. Los japoneses, por ejemplo, hace tiempo que llevan a cabo la política “desde la cabeza a la cola”, para utilizar cada parte del pescado, incluyendo espinas y carcasas. Las raspas de boquerón, por ejemplo, espolvoreadas con harina y puestas en remojo con leche, quedan muy crujientes cuando se fríen un par de minutos con aceite de oliva, dando lugar a un aperitivo tan exquisito como sano. Y con los vegetales lo mismo: los restaurantes que lo aprovechan todo, desde la raíz hasta las hojas, son tendencia en muchos países por el amor que profesan a la comida.

Moderar el consumo de carne roja. La demanda mundial de alimentos resultaría más sostenible si todo cuanto se cultivara se destinase al consumo humano. Sin embargo, un 35% de los cereales se utilizan para alimentar al ganado que nos comemos en el Primer Mundo, lo que priva de sustento a millones de personas en África, Asia y otros países del Tercer Mundo. Más allá de su impacto medioambiental, reducir el consumo de carne roja disminuye significativamente la posibilidad de sufrir hasta doce tipos de cáncer y otras muchas enfermedades.

Servir en el plato solo lo que se vaya a comer. Según la FAO, con los alimentos que actualmente tiramos a la basura sería posible alimentar a 300 millones de personas. Por si fuera poco, en muchos países comemos un 10% más de comida de la que realmente necesitamos, según confirma una investigación publicada en Agricultural Systems que recalca que un 20% de los alimentos que se ponen a disposición del consumidor no se los acaba comiendo nadie. Si tenemos presente estos datos cuando nos embarquemos en un crucero o al visitar el buffet de un hotel, muchas personas anónimas nos estarán agradecidas.

Priorizar las recetas tradicionales. “Donde fueres, haz lo que vieres”, señala el refrán, tal vez pensando también en las recetas enraizadas con un territorio. En efecto, la protección del patrimonio gastronómico y culinario de un pueblo ayuda a la sostenibilidad alimentaria. En este sentido, las recetas tradicionales provienen de una época en la que casi no existían los productos procesados. Un estilo de vida que encerraba una filosofía de vida que no ha perdido vigencia: las cosas sencillas y próximas son las que realmente importan.

Apostar por sellos sostenibles. Al igual que conviene mirar la etiqueta de un alimento para conocer su composición nutricional, otro tanto sucede con los sellos que acreditan la sostenibilidad de hoteles y restaurantes. En este caso, Healthia Certification asegura a los huéspedes que el hotel que han elegido para alojarse ofrece alternativas saludables en todos sus puntos de restauración (servicio de habitaciones, menús para grupos, desayuno buffet, minibar, amenities, etc.), lo que se traduce en una ventaja para el turista y en un plus de excelencia diferenciador para el hotel en cuestión. Otros sellos internacionales que apoyan la sostenibilidad son CosmeBio, que avala que, al menos, el 95% de los ingredientes empleados en un producto son de origen natural; Internacional Marine Stewardship Council (MSC), una certificación de pesca sostenible que acredita aquellos peces y mariscos capturados de forma respetuosa para el medio ambiente; Cruelty Free que garantiza que los cosméticos y artículos de tocador fueron fabricados sin usar animales; Starlight, que acredita espacios con una baja contaminación lumínica.

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Título
Hacia una alimentación más sostenible en el día a día
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Decálogo de la Alimentación Sostenible, unas interesantes pautas para aprender a comer sano sin dañar el planeta.
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