La localidad burgalesa de Aranda de Duero comienza a calentar sus hornos de leña a la espera de las tradicionales Jornadas del Lechazo Asado que se celebrarán durante todo el próximo mes de junio y que en esta ocasión coinciden con uno de los eventos culturales más destacados a nivel nacional e internacional, la XIX […]
La localidad burgalesa de Aranda de Duero comienza a calentar sus hornos de leña a la espera de las tradicionales Jornadas del Lechazo Asado que se celebrarán durante todo el próximo mes de junio y que en esta ocasión coinciden con uno de los eventos culturales más destacados a nivel nacional e internacional, la XIX edición de Las Edades del Hombre.
Aunque Aranda tiene muchos atractivos culinarios, en junio la estrella principal es el lechazo asado en horno de leña tradicional, una propuesta que cada año atrae a miles de visitantes en busca también de un paisaje impregnado por la cultura del vino, la ganadería, la historia y la naturaleza.
Un total de once asadores especializados que ofrecerán un menú específico regado con Vino Denominación de Origen Ribera del Duero y basado en el Cordero Lechal y sus productos derivados a un precio unificado de 37 euros: un cuarto de cordero lechal, uno de los platos más representativos de la gastronomía de Castilla y León, además de una selección de entrantes como paté de lechazo, hamburguesas de lechazo a la parilla, molleja de lechazo o morcilla, entre otros, todo ello acompañado de vinos de la Denominación de Origen Ribera del Duero y de otros productos regionales como la lechuga de Medina o la torta de Aranda.
El protagonista de estas jornadas, el cordero lechal, cuenta con el sello de Indicación Geográfica Protegida (IGP) otorgado por el Consejo Regulador del Lechazo de Castilla y León que garantiza su alta calidad y avala el cumplimiento de unos requisitos comunes: debe tratarse de un cordero de entre 4 y 8 kilos de peso, de raza Churra, Ojalada o Castellana y de carne tierna, entre otros criterios de valoración.
Un recorrido por Aranda
Aranda del Duero es una ciudad que, además de su reconocida tradición gastronómica forjada a partir de fogones tradicionales y recetas ancestrales que los maestros asadores han sabido preservar del paso del tiempo, posee también un rico patrimonio cultural y arquitectónico con sus calles empedradas, aromas inconfundibles, callejuelas, plazuelas y rincones ocultos, pero sobre todo, sus bodegas subterráneas.
La economía local ha girado históricamente en torno al vino, que era transportado por los arrieros en carros repletos de pellejos de cuero. La necesidad de almacenarlos obligó en el pasado a la construcción de intricados túneles que atravesaban la ciudad por debajo de las viviendas. Una gigantesca y laberíntica red de bodegas medievales que hoy en día todavía es posible visitar parcialmente.
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