Matt Goulding, periodista y escritor gastronómico, ex editor de la sección culinaria de la revista Men’s Health, co-autor de la exitosa serie ‘Eat This, Not That’ para The New York Times y establecido a medias entre Estados Unidos y España,  relata en un reciente artículo la primera vez que bebió un gin-tonic, “un gin-tonic de […]

Matt Goulding, periodista y escritor gastronómico, ex editor de la sección culinaria de la revista Men’s Health, co-autor de la exitosa serie ‘Eat This, Not That’ para The New York Times y establecido a medias entre Estados Unidos y España,  relata en un reciente artículo la primera vez que bebió un gin-tonic, “un gin-tonic de verdad”, a las tres de la mañana en un viejo castillo del pequeño pueblo salmantino de La Alberca, de la mano del cocinero español José Andrés.

Goulding explica en Time World cómo aquella noche —la segunda de un viaje con un grupo de conocidos chefs americanos, Ming Tsai, Ken Oringer y Chris Cosentino, entre otros— un recorrido relacionado con el mundo del jamón ibérico, venían de una cena  en un pequeño restaurante familiar que José Andrés  — “rey de la comida española en Estados Unidos y un hombre con un apetito por la vida en cada bocado y cada sorbo que rivaliza con el gran Rey Sol Luis XIV”—  con su personalidad electrizante había convertido en una fiesta improvisada, cuando de vuelta al hotel, José Andrés logró convencer al guardia de seguridad de que la dirección del establecimiento les había permitido acceder a la barra «a cualquier hora de la noche». 

El periodista estadounidense reconoce que fue a partir de ese momento cuando se aficionó de verdad al gin tonic y comenzó a decir públicamente que era la bebida que se llevaría a una isla desierta, “la libación que llevaría conmigo hasta el infinito y más allá” y narra cómo José Andrés se dedicó “en profundidad” a preparar unas bebidas que le llevaron no menos de 30 minutos, tan involucrado en su labor “como en una de esas obras de arte de vanguardia que elabora en su conocida cadena de restaurantes en Estados Unidos”. 

El resultado, dice Goulding, parecía una caja de Crayolas: finas rodajas de limón y rizos de la cáscara decorando, granos de pimienta rosa flotando en el líquido, anís estrellado y unas hojas de menta fresca ligeramente aplastadas por los dedos de  José Andrés en el último segundo. “Era todo lo que un gin-tonic no había sido antes: complejo, tonificante, un mundo de toques dulces y amargos por descubrir en cada sorbo”. Y continúa explicando cómo esa noche fue la primera de otras muchas en las que, sin saberlo por aquel entonces,  “con cada sorbo que daba a un gin tonic cada vez me encontraba más cerca de este país”.

“Nueve meses más tarde  —finaliza Matt Goulding— volví para otra ronda de tragos y me quedé”.

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