Mougins, una preciosa villa provenzal situada a muy pocos kilómetros de Niza (Francia), ha sido siempre un foco de atención para muchos artistas, entre ellos Francis Picabia, que hizo de ella su refugio más personal, o el mismísimo Picasso, quien estableció allí su residencia en dos ocasiones, la primera pocos meses después de pintar el […]

Mougins, una preciosa villa provenzal situada a muy pocos kilómetros de Niza (Francia), ha sido siempre un foco de atención para muchos artistas, entre ellos Francis Picabia, que hizo de ella su refugio más personal, o el mismísimo Picasso, quien estableció allí su residencia en dos ocasiones, la primera pocos meses después de pintar el Guernica y la segunda a sus 90 años, sin saber que allí acabaría sus días.

Cuando en 1924 André Breton funda el grupo surrealista a partir del núcleo del ya existente movimiento Dadá de París, Picabia -miembro destacado del dadaísmo y alérgico a todo movimiento organizado-  sin romper plenamente sus relaciones, se distancia de ellos no sólo intelectual sino físicamente, trasladándose en 1925 de París a Chateau de Mai, cerca de Mougins, en la Costa Azul. A esta época corresponden fundamentalmente su serie de pinturas realizadas bajo el título Monstruos y Transparencias.
 
Picasso, por su parte, también utilizó de algún modo este pequeño pueblo como refugio, tras la repercusión mediática y el aplastante impacto que supuso el Guernica como retrato denuncia de los horrores de la guerra: a finales de 1937 se alejó de la escena pública, instalándose junto a su entonces mujer Marie Therese y su hija Maya, en una casa alquilada en Mouguins.
 
Tras varias estancias en París compaginadas con otros destinos, es a los 80 años cuando de nuevo se traslada a esta zona, en esta ocasión comprando una propiedad y casándose con la que sería su última mujer, Jacqueline Roque. Fue allí donde, el 8 de abril de 1973, después de unos días convaleciente de una gripe, sufrió un infarto que acabó, a los 91 años, con la vida del más influyente pintor del siglo XX.

Otra obra de arte… gastronómica

Y en este escenario de artistas encontramos también una obra de arte, pero en esta ocasión en el ámbito de la gastronomía mundial: Le Moulin de Mougins. Un antiguo molino del siglo XVI restaurado, pintado de blanco puro moteado con pinceladas de color ciruela y convertido desde 1969 en un maravilloso restaurante por Roger Vergé, el legendario chef francés.

Con varias salas luminosas abiertas a un aromático y frondoso jardín, Vergé ofreció sus mejores creaciones hasta 2004, fecha en que tras muchas deliberaciones para elegir a su sucesor, dejó el establecimiento en manos del también genial Alain Llorca, hasta entonces chef del mítico Negresco de Niza.

Este mágico entorno, una carta con tres opciones -clásica, contemporánea o ligera- y una prestigiosa y completísima selección de vinos, se complementan con un pequeño pero exquisito hotel donde descansar después de una magnífica velada gastronómica.