Ralph Lauren, el diseñador estadounidense y creador de un imperio de moda que factura anualmente 5.000 millones de dólares, inauguró hace unos meses su tercera tienda en París, en esta ocasión en el 173 del Bulevar Saint Germain, en pleno corazón de la Rive Gauche, la mítica orilla izquierda del Sena. Lauren trasladaba así a […]

Ralph Lauren, el diseñador estadounidense y creador de un imperio de moda que factura anualmente 5.000 millones de dólares, inauguró hace unos meses su tercera tienda en París, en esta ocasión en el 173 del Bulevar Saint Germain, en pleno corazón de la Rive Gauche, la mítica orilla izquierda del Sena.

Lauren trasladaba así a la capital mundial de la moda, lo mejor del estilo americano a través de 2.150 metros cuadrados ubicados en un antiguo hotel de finales del siglo XVII, un edificio de cuatro plantas con un patio interior, en cuya parte trasera, que originalmente correspondía a las caballerizas –curiosa coincidencia con su famosa marca del caballito–  instaló el Restaurante Ralph’s, el primero en abrir sus puertas en Europa.

Un lugar para, después de una sesión de compras, disfrutar de una agradable comida o cena en un ambiente reposado y romántico, con vistas al bonito patio interior en el que ha conseguido mantener la naturaleza original del lugar.

Cocina de EE.UU. al gusto europeo

La carta, una selección de platos esencialmente americanos pero con ese toque internacional al que ya estamos tan acostumbrados en toda Europa, contiene propuestas como la sopa de almejas de Nueva Inglaterra, hamburguesas dobles de una excelente carne de rancho o refrescantes postres como el helado de yogur con bayas rojas, todo ello a un precio bastante asequible (para ser quien es y estar donde está) que ronda los 50-80 euros por persona.

Ralph Lauren, que a sus 70 años sigue trabajando a diario, ilusionado con nuevos proyectos, ha declarado estar encantado con la nueva tienda parisina, pero especialmente orgulloso de su restaurante: «He leído cientos de comentarios de los críticos y todos suenan como si los hubiera escrito mi madre», comentaba el diseñador. «Las mesas están reservadas siempre con cuatro semanas de antelación. Una vez me llamó Vera Wang (diseñadora estadounidense de trajes de novia), que iba a invitar a diez personas a cenar y ni yo mismo pude conseguirle una mesa».